Desmitificando la maternidad
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El mito de la maternidad

Ser madre, ser padre es una tarea intensa, exige mucha entrega y generosidad.

Dice Sparks, ‘que ser padres es una de las cosas más difíciles que hay, pero, a cambio, te enseña el significado del amor incondicional’.

Yo soy madre y he de reconocer que es una tarea compleja y una gran responsabilidad. Hay que dejarse la piel. Esto lo tenemos que saber.

No creo que sea bueno contar medias verdades, no creo que sea positivo transmitir generación tras generación que ser madres es una bicoca. Simplemente porque no lo es, o por lo menos yo no lo veo así. Una madre tiene mucho a qué renunciar. Cuando eres madre, decides libremente pasar a un segundo plano, lo cual no quiere decir que a veces pese (y mucho) o que en ocasiones te preguntes si lo estás haciendo bien o que tengas dudas de si es positivo para tus hijos, pero lo haces, porque es lo que te pide el cuerpo.

Cuando eres madre, a veces, te invade el sentimiento de culpa porque esas estrategias que compartes en tus conferencias y talleres con otras madres –y padres– no has conseguido ponerlas en práctica –¡tú misma! – al 100% con tus hijos cuando atravesaban por tal o cual etapa. Unas veces perdías la paciencia, otras hacías la vista gorda en ese tema que tenía tan claro que no podías dejar a un lado, otras no negociabas lo suficiente y otras, hablabas más de lo que escuchabas…

Pero rápidamente caías en la cuenta de que la perfección no existe y que no la debemos perseguir y tú tampoco. Piensas que lo has hecho lo mejor que has sabido y que tus circunstancias te han permitido, que has puesto en marcha todas esas estrategias que con tanto esmero has aprendido e interiorizado –pensando que iban a ser la panacea– y que, si te has equivocado, no pasa nada porque somos humanos.

No estoy de acuerdo, por tanto, en que esté ‘mal visto’ hablar de la realidad, no estoy de acuerdo en que tengamos que maquillar nuestras evidencias, no me gusta la inercia tan común de hablar en segunda persona. Hablar en primera persona nos permite compartir lo que nos pasa, sin victimismo, sí, pero haciendo partícipes a otros de lo que nos está ocurriendo, de lo que sentimos.

Debemos exportar nuestras experiencias, lo que no significa dar consejos o justificarnos de nuestras decisiones, sino como un ejercicio de trabajo de campo global –tan utilizado por los que hacemos investigación cualitativa–. Es importante que empecemos a desmitificar la maternidad con sinceridad, sin miedo, sin prejuicios.

Lo que no quita que sigamos implicándonos en ayudar a nuestros hijos a:

  • Ser la mejor versión de sí mismos.
  • Que sepan qué límites no deben traspasar.
  • Que conozcan las normas y códigos de comportamiento de su entorno.
  • Que sean intelectualmente activos.
  • Responsables y autónomos.
  • Que sean buenas personas.

 

Ahora que mis hijos ya son adultos, cuando hago retrospección, veo a una mujer y a un hombre felices y buenos. Con trayectorias personales, escolares y profesionales de éxito, que saben tomar decisiones en las situaciones más difíciles, que cuando tienen un problema importante o una caída, saben levantarse y echar un paso al frente y con una vida llena de amigos, seres que les quieren y experiencias interesantes.

¿Se puede pedir más?

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