A mi hija y a mi hijo, esfuerzo, responsabilidad y perseverancia
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A mi hija y a mi hijo

Mi hija y mi hijo, ejemplo de responsabilidad y esfuerzo

Ayer colgué en mis redes sociales –Facebook, LinkedIn– una foto de mi hijo, vestido ‘de verde’, dispuesto a entrar en quirófano con su padre, mi marido. Mucha gente que nos conoce, me han dado la enhorabuena en abierto por tener un hijo y una hija así. Pero lo más asombroso, es las personas que me han escrito por privado pidiéndome claves para conseguir que sus hijos sean responsables, trabajadores, autónomos.

Anoche, cuando llegué de la Feria, después de toda la tarde sin consultar el teléfono, tenía ¡más de cincuenta preguntas!

Me contaban su situación. Me preguntaban qué hay que hacer para tener una hija y un hijo como los míos.

Mi hija mayor, Mariem, tiene 30 años.

Siempre ha sido una niña madura, estudiosa, trabajadora, responsable y muy, muy perseverante. Tiene una capacidad de esfuerzo asombrosa. Le ha gustado, y le sigue gustando, disfrutar de la vida. Desde bien joven ha tenido claras sus metas y ha ido a por ellas.

Pronto empezó a trabajar los fines de semana para ganar dinero extra y pagarse algunos caprichos. Sale con sus amigos, viaja, es una gran deportista, le encanta el mar….. Y muy importante: en cada momento ha sabido qué camino tenía que recorrer para:

  • Cumplir con sus obligaciones.
  • Alcanzar sus objetivos.

Hoy en día sigue igual. Tiene la carrera terminada y está independizada. Trabaja en una empresa donde deja cada jornada lo mejor de sí, con mucho amor, entrega y eficacia.

Mi hijo pequeño, Ismael, tiene 23 años.

También es un ‘disfrutador’ de la vida y no se pierde una juerga –este año con todo su dolor se está perdiendo la Feria de Sevilla porque tiene prácticas obligatorias en la Universidad de Hamburgo donde estudia–.

Le gusta cantar flamenco y tocar la caja. Es un gran navegante, viaja –menos que su hermana porque tiene menos dinero– y también hace deporte. Él, quizás, tardó más en darse cuenta de que, para alcanzar los objetivos que uno mismo se ha marcado, hay que implicarse al máximo en momentos puntuales de la vida.

Pero cuando lo tuvo claro, trabajó duro para conseguirlo, y lo consiguió.

No se aprende a ser responsable, autónomo y perseverante de la noche a la mañana.

Es un trabajo lento, de años, que exige elevada dosis de entrega y muchas renuncias por parte de los padres. Hasta que los hijos lo interiorizan y lo hacen parte de sí.

Pero a la larga, la entrega, la presencia, la renuncia y el amor incondicional a los hijos suele tener sus recompensas.

En mi caso, aquí están.

Desde que son pequeños, nos hemos dejado la piel, ahora se la están dejando ellos, ya no necesitan una motivación extrínseca, han aprendido poco a poco con nuestro ejemplo y nuestra guía cual era el mejor camino a seguir.

Dos hijos de los que hay que sentirse orgullosa.

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